Sereno nació de una idea bastante simple: que en San Rafael hiciera falta un lugar donde el café estuviera bien hecho y donde nadie mirara el reloj. Tostamos en lotes chicos, cambiamos los orígenes cada seis semanas y anotamos en la pizarra de qué finca viene cada uno, porque nos parece que eso importa.
La cocina trabaja con lo que consigue acá. Verduras de la zona, pan de masa madre que amasamos la noche anterior, huevos de un productor de Villa Atuel. No hay carta de treinta platos: hay ocho o nueve que salen todos los días y salen bien.
El resto lo pone el salón. Techos altos, plantas que crecieron más de lo previsto, mesas largas para trabajar y mesas chicas para conversar. Vas a encontrar gente con la computadora abierta a las diez de la mañana y una sobremesa de tres personas a las siete de la tarde. Las dos cosas nos gustan.